La Novela Friki Incremental

Queridos frikis,


En este blog desactualizado e ignorado por sus autores no paramos de innovar. Así que aquí os presentamos la ultima ida de olla condenada desde su nacimiento a quedar en el olvido: "La Novela Friki Incremental", que no es/sera otra cosa que una novela relato cuento anecdota haiku que escribiremos al alimon entre los habituales aunque, por supuesto, se admiten colaboraciones.
Las reglas son sencillas, por riguroso turno escribiremos un capitulo sin tener ni idea ni, compartir entre nosotros cual es la linea argumental que cada uno tiene en mente. No hay mas.


Y así, sin mas, empieza Maese.


Esta historia comienza como tantas otras...
Con un señor caminando por la calle.
Y si, ahora vendría la larga parrafada descriptiva, cargada de adjetivos, perífrasis verbales y rebuscados giros literarios. Todo en pos de un premio Nobel que nunca llegará, por supuesto, porque para ganar el premio Nobel has de aburrir mucho al personal, muchísimo. Y a ser posible contar una historia que termina sin final aparente, y también meter mucha morralla descriptiva (¿ya lo comenté? Bueno, es que hablo de mucha). Y descripciones, si... eeeh... una cantidad ingente de descripciones.
Por ejemplo. “El señor que caminaba por la calle era alto, enjuto
  • y aquí hago un inciso. “Enjuto” es de esas palabras que visten un premio Nobel. ¿Podría haber dicho “muy flaco”? Si, pero enjuto mola más. Enjuto Mojamuto también.
de tez cetrina
  • tez mejor que “cara”, cetrina mejor que “amarillenta” o “desmejorada”. De hecho, siempre que me hablan del “individuo enjuto de tez cetrina” me acuerdo de mi ex cuñado, era alto, flaco y tenía alta la bilirrubina.
y mirada hosca. Lucía un impermeable negro, unas gafas redondas algo pasadas de época y un sencillo traje gris de dos piezas. En su anular izquierdo se adivinaba su naturaleza de casado, y en su caminar desgarbado una cierta dejadez en la cotidianidad del paseo que realizaba. Cosa nada extraña, ya que nuestro amigo caminaba, como cada día, a su trabajo de contable en unos grandes almacenes.”
De acuerdo. Quizá no hemos sido lo suficientemente descriptivos como para optar al Nobel. Hemos olvidado la descripción de la calle, hemos pasado por encima del impermeable negro (¡con la de juego que da en comparaciones con un cuervo hambriento, o con un insecto de metálicos destellos!), y no hemos especificado si el anillo de casado es de los baratos, o por el contrario “pagaría el rescate de un príncipe”. Cualquier profesor de literatura nos miraría con la ceja arqueada, y entre risitas de suficiencia insultante, soltaría un: “Hmm... no me imagino al señor enjuto”.
¡Adiós nobel!
Pero bueno, la cuestión es que nuestra historia comienza con un señor caminando por la calle. Y como no queremos ganar el Nobel, obviaremos si dicha calle era empedrada, o si la Jessy había plasmado su amor por el Kevin en la pared de la droguería.
Simplemente se trata de un tipo que camina, ¿de acuerdo? Lo siento si esta historia ocupa 60 páginas y os sentís estafados. Leeros a Dostoievski, coño.

Continúa Mister X

Aquel hombre se llamaba Pablo. Era un tipo de muy pocas palabras, aunque era simpático cuando lo llegabas a conocer, pero tampoco se le daba demasiado bien relacionarse con otras personas, y muestra de ello era que su matrimonio últimamente no estaba siendo un camino de rosas, puesto que llevaba muy poco tiempo de casado, y ya se sabe que cuando pasa un tiempo de estar conviviendo todos los días con una persona, la verdadera forma de ser de uno mismo aflora a la superficie, y lo que su mujer Julia estaba viendo florecer, digamos que no le agradaba demasiado. Pablo se estaba convirtiendo en una persona demasiado callada,  a veces como ausente, y tanto era así, que su mujer empezaba a sospechar de que hubiera una tercera persona en la relación.
Mientras le daba vueltas a la cabeza, como siempre, Pablo atravesaba como todos los días el dichoso descampado que precedía a las plazas de aparcamiento de su bloque: un descampado tan solitario, tan grande y rodeado de árboles altos, que cuando se situaba justo enmedio de él, le parecía estar en un claro de bosque, o más bien enmedio de la selva de Vietnam, simulando estar ojo avizor ante las emboscadas de aquellos "malditos amarillos", como le gustaba nombrarlos en su mente, y una vez incluso avanzó de cuclillas para no hacer demasiado ruido y evitar caer en su trampa. Pero aquel día no tuvo tiempo de fantasear. Sentía que su matrimonio corría peligro.
Se encontraba tan enfrascado en sus pensamientos, que ni siquiera notó el zumbido cada vez más cercano de alguna especie de aparato que cada vez se acercaba más, sacándolo de su mundo cuando el ruido era casi ensordecedor, aunque por mucho que mirara hacia todos lados no veía nada ni nadie que se acercara a él.
Justamente cuando su cerebro dió la orden a su muslo derecho para que volviera a iniciar la marcha, Pablo se quedó petrificado al ver como de las altas copas de aquellos árboles se alzaba un enorme helicóptero militar, de esos con dos rotores, a la vez que el zumbido, lógicamente provocado por las hélices de aquel helicóptero se multiplicaban, por lo menos, por siete.
Normalmente, el Pablo de siempre, enfrascado en sus fantasías de siempre, ni repararía en el hecho de que un helicóptero le sobrevolara, si no fuera porque lo hacía a unos veinte metros, y aminoraba la marcha conforme se acercaba a el. Abrió de par en par los ojos cuando se percató de que ese helicóptero iba a aterrizar allí.
Cuando ya lo único que se escuchaba era el ruido de aquel colosal helicóptero, y se estaba empezando a formar una polvareda que ni siquiera una estampida de búfalos podría igualar, el portón lateral de la aeronave se abrió cuando ni siquiera había aterrizado, dejando ver en el interior tres personas vestidas de camuflaje militar y una máscara de gas de esas que llevan un filtro enorme y que tapan la cara por completo, dejando para el campo de visión de su usuario simplemente unos pequeños cristales redondos, y por la mente de Pablo se le vino la imagen de aquel Psicho Mantis de ese Metal Gear Solid que una vez tuvo, lo cual les hacía tener un aspecto realmente terrorífico.
Antes siquiera de que su cerebro procesara tal cantidad de información y de emociones,  dos de los tres individuos saltaron del helicóptero a casi dos metros del suelo y se dirigieron hacia Pabro rápidamente, sacando sus rifles reglamentarios y apuntando hacia él cuando estaban ya a pocos metros del petrificado protagonista.
Cuando se quedaron a escasos dos metros frenaron en seco y ambos pudieron apuntar más claramente entre ceja y ceja de aquel civil sorprendido, y en ese momento el tercer militar, en cuyo pecho podían adivinarse varias insignias y medallas que, aunque Pablo no podía reconocer, puesto que no entendía de insignias, medallas y graduaciones militares, supuso que serían importantes, porque alguna que otra era bastante grande y brillaba mucho, terminó de bajar del helicóptero lentamente, con aire importante, como si llevara haciendo eso toda la vida y aquel sólamente fuera un dia más de currelo, como Pablo mismo sellando informes un martes por la mañana.
Todos sus pensamientos anteriores volaron de su cabeza: Mujer, problemas, trabajo, Vietnam y "malditos amarillos" salieron disparados de su mente hacia, por lo menos, la estratosfera, para hacer sitio al único pensamiento que anidaba ahora en su psique: la fracción de segundo que tardarían dos rifles semiautomáticos en agujerear su cabeza si se le ocurría mover siquiera un músculo. No, si tan siquiera a su cerebro se le ocurría la feliz idea de mandar un impulso eléctrico hacia algún músculo de su cuerpo para empezar a moverse, aunque fuera para temblar de miedo. Pero no podía, estaba demasiado asustado para temblar.
Cuando el militar importante alcanzó a los otros dos a paso firme y decidido, le preguntó a Pablo con un tono de voz sosegado, todo lo sosegada que puede ser una voz dentro de una máscara antigás:
- "¿Es usted Pablo Guzmán Valles?"
Apenas pudo articular las dos letras de la obvia respuesta a aquella pregunta, sin reparar siquiera en cómo carajo supo aquel militar, al cual no había visto en toda su vida, cual eran su nombre y apellidos:
-"....Si.... ¿por qué?"
Y sin casi dejar que terminara de hablar, soltó la última frase que oiría Pablo antes de ser noqueado por la culata de un rifle reglamentario:
-"Nuestros informes indican que usted es un extraterrestre, solo que aún no lo sabe".

Y ahora Ñete


Puede que sea cierto que toda tu vida pasa ante tus ojos cuando estas a punto de morir. O puede que no.
Puede que los momentos de auténtico peligro despierten en nosotros habilidades que desconocíamos. Tal vez no sea así.
Cabe la posibilidad de que una tensión extrema desate al héroe que todos llevamos dentro. O quizás eso no sea mas que una chorrada, como tantas otras, de las películas americanas.
Lo que si es rigurosamente cierto es que un miedo atroz, como el que sintió nuestro hombre de negro al verse encañonado, tiene la capacidad de relajar instantáneamente los esfínteres. Así que un fardo húmedo y apestoso que solía responder al nombre Pablo, era lo que unos presurosos militares cargaron en el Boeing CH-47 Chinook, único helicóptero con dos rotores disponible para las fuerzas aéreas españolas que, sorprendentemente, se las había apañado para aterrizar en un descampado situado entre las avenidas "Lorenzo de la Plana" y "Maestros Espaderos" en la populosa ciudad de Toledo sin hacerse notar en demasía. 


-...Pues sera todo lo marciano que quieras, pero este cabrón apesta como su fuera de aquí de toda la vida ¿eh?


Poco a poco Pablo iba recobrando la conciencia y, ahora si, como a pequeños flashes le fueron llegando imágenes de su vida:


-¡Recoge eso ahora mismo! Pablito que no te lo tenga que repetir...Su padre con el cinturón en la mano, la caja de juguetes desparramada por el suelo.
-No llores cariño, veras como lo pasas bien...El primer día en la guardería.


Las mañanas de reyes, la ilusión de los juguetes nuevos, la decepción de esa ropa que, quizás necesitaba pero ni, mucho menos, es lo que deseaba.
Los años esperando el dichoso Spectrum de 48k, la infinita satisfacción del día que llego.


La EGB. El terrorífico miedo a las notas, el "se que he suspendido" cuando, íntimamente, estaba convencido de haber aprobado. El adiós al sempiterno colegio de los padres Salesianos "que buenos son que nos llevan de excursión..." La incertidumbre del instituto.


Las primeras miradas esquivas en clase. Las primeras notitas. la primera fiesta de fin de curso...El primer baile. El primer beso. La primera decepción.


Las fiestas, los recreos las salidas de viernes y sábado noche las borracheras, las resacas los vómitos. - ¡Recoge eso ahora mismo! Pablo que no te lo tenga que repetir...


Los amigos, las amigas, las novias -¿quieres salir conmigo?


La universidad, el aburrimiento. Manuela -¡Joder! tienes nombre de canción de Julio Iglesias.


La oportunidad. El empleo. La boda...El aburrimiento.


-¿Extraterrestre sin saberlo? ¡Y una mierda! ¿donde se ha visto nunca un extraterrestre con una vida tan patética y aburrida como la mía.




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